En fechas próximas leeremos en los periódicos, o rotativos para ser más pedante, como la productividad del Ministerio de Sanidad cayó por los suelos a principios de noviembre. Y es que, muy señores míos, nuestro Danielo ha dejado el Carlos III. Todos los que con él hemos trabajado sabemos el empeño que ponía a cada tarea. Nadie recuerda mejor café ni mejores morcillas gaditanas que las suyas. Memorables sus debates en torno a la metafísica de la taza extraviada, y aún resuena en los pasillos del edificio su tarareo…
“Eres un enfermo, eres un enfermo
Eres un enfermo del cibersexo
Me pones lo cuernos, me pones los cuernos
Uve doble uve tía buena punto com”
Hace ya unos años que el chaval dejo el gratificante mundo de las consultoras por el mundillo de la administración pública. Desde entonces todo ha sido esfuerzo, sudor y un sinvivir. Mereció la pena, sin duda, la adaptación a las nuevas imposiciones nutritivas de tres desayunos diarios y el aprendizaje de la legendaria sabiduría funcionarial.
Como dice este otro que por un tiempo fue vecino mío, hay muchas cosas que no son secreto. Por tanto, ni mucho menos es secreto que echaré de menos esas charlitas por el pasillo, nuestro complot para hacernos con la dirección del Tempus (sí, chicos, sí. Estaba todo preparado: Dani de presi y yo de pívot principal. Pepe, sirva esto para decirte que estás despedido…JA, JA – risa de malvado). Echaré de menos los desayunos de 40 minutos, los cafeses de sobremesa que llegaban hasta la merienda, el diván, nuestros momentos en el probador, el pique por ver quien entraba a currar más tarde, y esos segundos antes de cruzártelo en el pasillo por la mañana en los que piensas “y ahora que le cuento, ¡si estuve cenando con él anoche!”.
Salud y ¡suerte donde vayas!